{"id":59234,"date":"2026-05-19T07:00:42","date_gmt":"2026-05-19T13:00:42","guid":{"rendered":"https:\/\/tierraadentro.fondodeculturaeconomica.com\/?p=58263"},"modified":"2026-10-28T12:03:53","modified_gmt":"2026-10-28T18:03:53","slug":"el-adversario","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/tierraadentro.fondodeculturaeconomica.com\/?p=59234","title":{"rendered":"El adversario"},"content":{"rendered":"<p>Deb\u00ed morir, lo s\u00e9, al menos con el disparo en la frente. Vaci\u00f3 el cargador de su pistola y luego me amarr\u00f3 a este cactus. Estuve atado durante casi una semana. Calcul\u00e9 el tiempo seg\u00fan las noches, que era cuando la sangre se enfriaba y me sent\u00eda un poco m\u00e1s espabilado, al tiro en la temible oscuridad. En estos siete d\u00edas, el sol achicharr\u00f3 mis pesta\u00f1as, pero me mantuvo vivo \u00fanicamente con la intenci\u00f3n de cocinarme las entra\u00f1as y hervir mi cabeza. Dud\u00e9 si mi nombre, si mi cara\u2026 y los cambi\u00e9 varias veces. De nada sirvi\u00f3.<\/p>\n<p>\u00bfQui\u00e9n necesita un rostro? Ni apellido.<\/p>\n<p>En esa semana procur\u00e9 recordar mi aspecto. Imagin\u00e9 mi cuerpo atado al cactus, goteando lodo ensangrentado, mientras reconstru\u00eda mi carne entre las espinas y el silencio. \u00bfC\u00f3mo era? \u00bfQui\u00e9n? \u00bfYo? \u00bfAs\u00ed nac\u00ed? \u00bfUn hombre de piedra incrustado en el tronco de este maldito cactus? Mis \u00fanicos referentes eran las puntas de mis botas, dos cuernos apuntando al cielo, y la sombra amorfa de la cact\u00e1cea, m\u00e1s negra a\u00fan que la m\u00eda.<\/p>\n<p>Quise ser g\u00fcero, ojiazul y lampi\u00f1o. Despu\u00e9s deduje que, en tal caso, s\u00ed estar\u00eda muerto, reseco y p\u00e1lido, como un lagartijo expuesto a la can\u00edcula. Prefer\u00ed convertirme en cuatrero, con texana y chaleco de cuero, como aquel que me asesin\u00f3 y luego at\u00f3 mi cuerpo al cactus, nom\u00e1s porque le rob\u00e9 un ternero. Los ojos fieros, la piel tostada. El bigote poblad\u00edsimo, de esos que espantan a los machos. Anhel\u00e9 ser a\u00fan m\u00e1s prieto, como esos galoperos que doman caballos o un <em>bullrider<\/em>, que son los vaqueros m\u00e1s famosos y acalambran a las damas.<\/p>\n<p>Pronto supe que era mejor morir: quien vive, sufre, fin.<\/p>\n<p>Reh\u00edce tantas veces mi cuerpo que, cuando la carro\u00f1a comenz\u00f3 a devorarme, no me import\u00f3, hasta me re\u00ed, deseando que acabara pronto conmigo. No le tuve miedo al dolor, tampoco a la muerte. Qu\u00e9 chingados. Solo no quer\u00eda imaginar m\u00e1s caras infrahumanas con mi carne balaceada, reducida a mordiscones desde adentro.<\/p>\n<p>El ruido de las ratas en mi t\u00f3rax era a\u00fan m\u00e1s estrepitoso que las voces que rebotaban en las paredes de mi cr\u00e1neo. Por alguna raz\u00f3n, en lugar de comerse primero mis ojos o mi lengua, recorrieron mi cuerpo entero y decidieron escarbarme el agujero en el pecho que me dej\u00f3 una bala. En el interior, sus garras me daban cosquillas, pero las mordidas me hicieron gritar de dolor. Me sorprendi\u00f3 mi voz. Los dientes se sent\u00edan como diminutos cuchillos cortando mis entra\u00f1as sin parar, arrancando pedazos de carne, sangre en cada mordisco.<\/p>\n<p>En alg\u00fan momento termin\u00f3 el dolor: ya no quedaba nada dentro de m\u00ed.<\/p>\n<p>\u00bfMor\u00ed? No. Escuch\u00e9 un rasgu\u00f1o \u00e1spero, continuo. Las ratas sal\u00edan de mi cuerpo como si de un nido de ara\u00f1as se tratara, despavoridas y satisfechas. Mis huesos se agitaron un poco, mi esqueleto se tambale\u00f3. El cactus siempre permaneci\u00f3 erecto. Con las entra\u00f1as devoradas, enflaqu\u00e9, y la cuerda, antes firme, resbal\u00f3. Top\u00e9 de bruces con la ardiente arena, achicharrado de por s\u00ed, entre mis babas y mi sangre seca.<\/p>\n<p>Libre.<\/p>\n<p>Me par\u00e9, sacud\u00ed la tierra de mi ropa, por fin vi detr\u00e1s del cactus y corrobor\u00e9 que estaba exactamente el mismo desierto que tuve enfrente todos estos d\u00edas y noches. Las ratas tambi\u00e9n segu\u00edan ah\u00ed, observ\u00e1ndome b\u00edpedas, con las trompas y las garras manchadas de sangre, ri\u00e9ndose de m\u00ed, quiz\u00e1s pregunt\u00e1ndose qui\u00e9n era yo, c\u00f3mo me llamaba. Devolv\u00ed la sonrisa a esos santos roedores que me comieron y camin\u00e9.<\/p>\n<p>Introduje un dedo en cada agujero que me hab\u00edan dejado las balas, rasqu\u00e9 mis huesos, no pude palpar bondad ni misericordia cuando met\u00ed la mano. Fue el Diablo, no creo que Dios, quien me mand\u00f3 aquellas ratas salvadoras, o quiz\u00e1s solo haya sido suerte, como la que tuvo la vaca que abdujeron y ahora muge en el espacio exterior. No me aterr\u00f3 la idea de morir, mientras recordara con claridad el nombre y la direcci\u00f3n del hombre que me mat\u00f3.<\/p>\n<p>Para\u00edso e Infierno, mismo lugar: un desierto negro del que nunca escapas.<\/p>\n<p>Anduve y el horizonte se parti\u00f3. Hab\u00eda otros cactus, muchos otros cactus, algunos retorcidos como espectros que miran siempre hacia abajo, como si hablaran en secreto con el desierto; otros erectos, como mi cactus materno, que parec\u00edan gritar de dolor, con las ramas como brazos acuchillados por espinas, pidiendo ayuda. Los dej\u00e9 atr\u00e1s, me olvid\u00e9 de todos ellos menos de uno, y espero que ese cactus siga acord\u00e1ndose de m\u00ed, de esta voz y de mi verdadero nombre, mi cara, mis l\u00e1grimas.<\/p>\n<p>Tampoco olvidar\u00e9 la serpiente que se me encaram\u00f3 en el cuello mientras estuve atado al cactus, la muy culera, y me dej\u00f3 ver en sus ojos que yo tambi\u00e9n ten\u00eda la mirada de v\u00edbora. Levant\u00f3 su cascabel y lo mantuvo erguido a la altura de mi o\u00eddo, como ret\u00e1ndome a probar un poco de su veneno. Meti\u00f3 su lengua b\u00edfida en mi boca, pero no me mordi\u00f3. Poco a poco fue desenrosc\u00e1ndose de mis v\u00e9rtebras hasta que pude respirar mejor y, finalmente, huy\u00f3, dejando un rastro zigzagueante entre mis botas.<\/p>\n<p>El resto de las serpientes en el camino se apartaron conforme avanzaba, como si aquella cascabel les hubiese comunicado a todas que yo ten\u00eda un destino, que no estaba ni vivo ni muerto, sino espectro. Las escuchaba cuchichear a mi alrededor, as\u00ed corren los chismes en el rancho. Ellas sab\u00edan lo que iba a suceder a continuaci\u00f3n, como lo supieron entonces la llanura y el sol, los dinosaurios y las conchas marinas. Eran muchos los f\u00f3siles destrozados, en a\u00f1icos, como los sesos de un cabr\u00f3n al que le volaron la cabeza de un balazo. No s\u00e9 si camin\u00e9 durante casi una semana o tan solo unas cuantas horas, pero llegu\u00e9.<\/p>\n<p>Las mismas piedras, las mismas casas. Un rancho que cruc\u00e9 arrastrando el polvo de mis botas hasta el zagu\u00e1n de la finca. Soledad kilom\u00e9trica a la redonda. Mi asesino se orin\u00f3 apenas verme al otro lado de la puerta. Seis balas en la pistola. Retrocedi\u00f3 en p\u00e1nico hasta el centro de su casa, mientras yo apuntaba directamente a su coraz\u00f3n.<\/p>\n<p>No hab\u00eda nada que decir, sin palabras, sin gestos, dispar\u00e9 primero a su rodilla derecha, luego a la izquierda. Se le reborujaron los brazos entre una herida y otra. Cay\u00f3 de lleno con la cara, sin meter las manos, y se rompi\u00f3 la nariz, casi pude o\u00edr la fractura del tabique. Sangraba mucho y sus fluidos se confundieron amarillos y rojos en el pantal\u00f3n de mezclilla. Arrastr\u00f3 su cuerpo y, aun malherido, intent\u00f3 defenderse.<\/p>\n<p>Apunt\u00e9 a la mano con la que disparaba y sus dedos se esparcieron como gusanos desmembrados, manchando los mosaicos de la sala. Luego dispar\u00e9 una vez en el est\u00f3mago, en un punto que no lo mat\u00f3, pero que le generaba un dolor supremo, una agon\u00eda indescriptible en el rictus de su cara, los estertores de su carne moribunda. Nos envolvi\u00f3 el silencio que sigue a un asesinato. Me quedaban dos balas, guard\u00e9 la pistola. Cerr\u00e9 la puerta de la casa para tener m\u00e1s intimidad con \u00e9l, para que ninguno muriera solo. De pie ante mi asesino, mir\u00e1ndolo pla\u00f1ir, implorando piedad, me rog\u00f3 que, por favor, no lo matara. Un reguero de sangre sucia sal\u00eda de su camisa y encharcaba el piso, gritaba de dolor.<\/p>\n<p>Percib\u00ed la tortura en sus ojos, adem\u00e1s del olor de su piel agujerada por el plomo y la p\u00f3lvora, carne rota, chamuscada, expandi\u00e9ndose de su panza al piso, sentir\u00eda fr\u00edo en los brazos y en las piernas, un congelamiento que se iba apoderando de su cuerpo hasta dejarlo tieso como un animal disecado. \u00c9l, que era un asesino, y de los m\u00e1s crueles, sab\u00eda cu\u00e1nto tiempo le quedaba de vida, cu\u00e1nto de dolor, cu\u00e1nto de agon\u00eda, y que era mejor morir r\u00e1pido, porque no hab\u00eda escapatoria, perdi\u00f3.<\/p>\n<p>Nunca m\u00e1s ver\u00eda a la mujer que amaba. Tampoco mi rostro carcomido por el tiempo que estuve atado al cactus, muriendo lento y espinado, lleno de ira, preso de una rabia que acumul\u00e9 con el paso de los alacranes por mi rostro, sus aguijones rehuyendo mi carne envenenada, de fantasma llanero. No volver\u00eda a ver esta cara, relajada gracias a su dolor y la tortura, ni mi cuerpo balaceado, devorado por dentro, libre de venganza porque yo tambi\u00e9n lo mat\u00e9. Jam\u00e1s olvidar\u00e9 el ruido del pen\u00faltimo balazo, atravesando su cara hasta la nuca y, si consigo llegar a viejo, probablemente en mi lecho de muerte recuerde c\u00f3mo se apagaron sus ojos de pistolero fino.<\/p>\n<p>Dej\u00e9 el rancho, volv\u00ed al desierto.<\/p>\n<p>Mi cactus materno segu\u00eda en el mismo lugar. Acarici\u00e9 su corteza rancia, pas\u00e9 mis dedos entre sus espinas como si fuera la crin de mi primer caballo. Esa sangre no pod\u00eda sino ser m\u00eda, cualquier otro infeliz del mundo, uno que tuvo suerte.<\/p>\n<p>La mujer de mi asesino lo encontr\u00f3 muerto, con la boca abierta repleta de cucarachas, los ojos enmoscados. L\u00e1grimas, duelo, todo eso. Enterr\u00f3 al hombre en el pante\u00f3n municipal, junto a sus padres. Cost\u00f3 tanto limpiar su sangre reseca del mosaico de la sala, como si hubiera trasminado hasta la tierra, que la viuda tambi\u00e9n huy\u00f3 del pueblo sin llevarse nada, pero dej\u00f3 abierta la puerta por si el esp\u00edritu de su hombre quer\u00eda venganza.<\/p>\n<p>Nunca tuvieron hijos. Yo tampoco, pero si hubiera tenido uno, le regalar\u00eda esta pistola, como hizo mi padre conmigo, unas botas y su primer caballo. Mi vida y mi muerte ser\u00edan, como la vida y la muerte de mi asesino, al final, casi las mismas.<\/p>\n<p>Mi agon\u00eda solo mucho m\u00e1s larga, ten\u00eda una bala: abrac\u00e9 mi cactus.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">\u2606<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Deb\u00ed morir, lo s\u00e9, al menos con el disparo en la frente. Vaci\u00f3 el cargador de su pistola y luego me amarr\u00f3 a este cactus. Estuve atado durante casi una semana. 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