{"id":54629,"date":"2024-04-02T07:00:00","date_gmt":"2024-04-02T13:00:00","guid":{"rendered":"https:\/\/tierraadentro.fondodeculturaeconomica.com\/?p=54629"},"modified":"2025-06-24T20:38:02","modified_gmt":"2025-06-24T20:38:02","slug":"mariana-de-ines-arredondo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/tierraadentro.fondodeculturaeconomica.com\/?p=54629","title":{"rendered":"La virtud y el destino en In\u00e9s Arredondo"},"content":{"rendered":"\n<p class=\"wp-block-paragraph\">A los mejores cuentos los impulsa un prodigioso sentido de la urgencia. Algo en su trama, en sus personajes o en su tema los torna inminentes. Trasluce en ellos una clarividencia, una necesidad inescapable, como si fuese cuesti\u00f3n de vida o muerte contar esa historia y no otra, y contarla de ese modo y no de otro.\u00a0<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Hablo de la urgencia que impulsa la venganza de la Emma Zunz, de Borges, y la que ahonda la desesperaci\u00f3n homicida de la Emily Grierson, de Faulkner. De la urgencia que torna angustiosa la sentencia del Juvencio Nava, de Rulfo, y la que vuelve milagrosamente necesaria la victoria del Jacob van Oppen, de Onetti. Quiz\u00e1 me est\u00e9 refiriendo a la misma urgencia que parece precipitar el destino humano, lo que equivaldr\u00eda a afirmar que los mejores cuentistas han cultivado un sexto sentido: el de la fatalidad. \u00bfY no parece que las mejores historias son aquellas que se han realizado idealmente, aquellas que son lo que pod\u00edan y deb\u00edan ser? Se trata de cuentos que, parafraseando al propio Borges, ya son los que ser\u00edan. O, como lo pone In\u00e9s Arredondo en \u201cMariana\u201d:\u00a0<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><\/p>\n\n\n\n<blockquote class=\"wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow\">\n<p class=\"wp-block-paragraph\">\u00bfPensaste alguna vez en que las historias que terminan como deben de ser quedan aparte, existen de modo absoluto, en un tiempo que no transcurre?<\/p>\n<\/blockquote>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En los mejores cuentos, sin duda, el tiempo es una cuesti\u00f3n accesoria.\u00a0<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center wp-block-paragraph\">*<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">\u201cUn destino \u2014dice Cesare Pavese\u2014 no es otra cosa que un ritmo, una cadencia de retornos previstos en el juego de una libertad enteramente desplegada. El argumento de una obra po\u00e9tica, es decir, el verdadero, irreductible enlace de los acontecimientos [\u2026] es oscuro-luminoso como la sentencia de un or\u00e1culo\u201d.\u00a0<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En \u201cMariana\u201d se nos revela el destino de la protagonista desde los primeros p\u00e1rrafos, durante una clase de sexto de primaria a la que asisten la propia Mariana y la narradora. Su maestra es una monja que explica la Guerra del Peloponeso y la resultante ca\u00edda de Atenas con su imponente democracia. Ante la narradora, la religiosa reconstruye con sus manos \u201cel esplendor de la ciudad condenada\u201d y trasluce \u201cel extra\u00f1o goce de saber que la ciudad perfecta perecer\u00e1, al parecer sin grandeza, tristemente; al parecer, en la historia, pero no en verdad\u201d. Es un goce similar al experimentado por el lector de ficciones. El consuelo morboso de que la tragedia le pase a otro y no a \u00e9l.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Mariana morir\u00e1 a\u00f1os despu\u00e9s del mismo modo en que lo anticipa su profesora: sin grandeza, tristemente; asesinada por un amante ocasional. Sin embargo, morir\u00e1 solo en apariencia. Se encargar\u00e1 de preservarla del olvido la narradora del cuento, evoc\u00e1ndola con las amigas en com\u00fan y repasando constantemente los eventos, obsesionada con \u201cel secreto que hace absoluta [su] historia\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Oscura-luminosa es la sentencia de la narradora, que se nos presenta como or\u00e1culo: ilumina con oscuridades el destino de Mariana.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center wp-block-paragraph\">*<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Tengo un h\u00e1bito algo cuestionable: colecciono buenos cuentos con el entusiasmo del entom\u00f3logo, para luego desmontarlos con el sadismo deslumbrado del m\u00e9dico forense. La autopsia que les efect\u00fao pretende no establecer causas de muerte, sino de vida. Determinar qu\u00e9 anima a la historia y con cu\u00e1les recursos lo ha conseguido su autor.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Tampoco quiero que se me malentienda. Los buenos cuentos son imposibles de replicar. Se niegan a entregar su f\u00f3rmula \u23afy de hacerlo, ser\u00edan malos: revelar\u00edan que son susceptibles de producirse en serie y, por lo tanto, de abaratarse\u23af. En ocasiones, sin embargo, las historias que m\u00e1s admiro bajan la guardia y revelan alg\u00fan artificio, alg\u00fan <em>efecto especial<\/em> que puedo sustraer del conjunto, a fin de rehacerlo, adapt\u00e1ndolo a mis necesidades particulares. (No hay escapatoria. Ese es el destino del aprendiz de escritor: robar y replicar; imitar hasta asimilar los recursos, hasta dar el gatazo, hasta enga\u00f1arse a s\u00ed mismo).\u00a0<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Semejante robo me resulta imposible en los cuentos de In\u00e9s Arredondo. Especialmente en \u201cMariana\u201d, cuento de una sola pieza: duro, s\u00f3lido, reflejante de tan pulido; un espejo negro contra el que me doy de bruces. La lecci\u00f3n por aprender, en este caso, es que el artificio puede copiarse, no as\u00ed el pulso y la po\u00e9tica.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Lo parad\u00f3jico del asunto es que la propia Arredondo da la impresi\u00f3n de darnos otro tipo de lecciones: una clase de apreciaci\u00f3n literaria, no desplegada en la ejecuci\u00f3n del texto, sino ensayada en los di\u00e1logos de los personajes y las intromisiones de la narradora.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Pareciera que la autora se refiere a la voz aut\u00e9ntica que busca cada escritor, cuando describe la voz de Mariana: \u201cUna voz falsa, ya lo s\u00e9, pero buscada, encontrada, la \u00fanica verdaderamente suya\u201d.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Pareciera explicarnos su concepci\u00f3n del tiempo narrativo al decirnos que el tiempo de Mariana era \u201clento y fren\u00e9tico [\u2026], hacia adentro, en profundidad, no transcurr\u00eda\u201d.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Pareciera, incluso, aventurar una definici\u00f3n de la escritura: \u201cUn tanteo a ciegas, en el que no ten\u00eda nada que hacer la inteligencia\u201d.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Hay una est\u00e9tica soterrada en la cuent\u00edstica de Arredondo. Traerla a la luz es obligatorio para el aspirante a cuentista, no en virtud de practicarla, sino de acrecentar el \u201cextra\u00f1o goce\u201d de leer a In\u00e9s Arredondo del modo que merece: a profundidad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center wp-block-paragraph\">*<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">\u201cMariana\u201d es la historia de un amor desbordante, deforme, asesino.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En la adolescencia, los culichis Mariana y Fernando quedan flechados para siempre. Pero la fatalidad de su noviazgo queda cifrada por la renuencia del padre de Mariana, quien la env\u00eda a un internado con tal de separarla del pretendiente. De modo que los amantes consuman la relaci\u00f3n como pueden: huyen de Culiac\u00e1n sabiendo que, a su regreso, los padres se ver\u00e1n obligados a casarlos a fin de salvarle el honor a Mariana.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El d\u00eda de la boda ella experimenta un \u201ccontacto con algo m\u00e1s all\u00e1 de los sentidos\u201d. Fernando la contempla \u201cabsorber un misterio que nadie podr\u00eda poner en palabras\u201d, sus ojos \u201cllenos de vac\u00edo\u201d que no observan a Fernando, sino en una especie de lontananza espiritual. A \u00e9l lo invaden \u201clos celos terribles de que algo, alguien, pudiera hacer surgir aquella mirada helada en los ojos de Mariana [\u2026], de aquel absorber lento en el altar, en la belleza, el alimento de algo que le era necesario y que deb\u00eda tener exigencias, agazapado siempre dentro de ella, y que no quer\u00eda tener nada conmigo\u201d. Terror que, a\u00f1os m\u00e1s tarde, resurge para llevar a Fernando a atentar contra Mariana. En el estero de Dautilos, \u00e9l la golpea y estrangula bajo el agua, \u201cbuscando siempre para [s\u00ed] la mirada que no era [suya]\u201d.\u00a0<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Por este arrebato, a Fernando se le recluye en un sanatorio mental de la Ciudad de M\u00e9xico. Mariana, habida cuenta del peligro que corre, queda sin permiso para visitar a Fernando y \u201cabandonada a su pasi\u00f3n sin respuesta\u201d. As\u00ed que comienza a irse a los hoteles \u201csin el menor recato, con el primer tipo que se le [pone] enfrente\u201d.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Aunque Fernando no juzga abiertamente la conducta de su esposa, s\u00ed se la explica y se la adorna para hac\u00e9rsela tolerable: \u201cEra por fidelidad a nosotros que hac\u00eda eso \u23afafirma\u23af, no le hab\u00edan dejado otra manera de buscarme\u201d. Ante la imposibilidad de comprender el deseo de su mujer, Fernando recurre al ilusionismo del macho y se monta un trampantojo: Mariana lo buscaba a \u00e9l \u201cen el cuerpo de otros hombres\u201d. En sus palabras, \u201cjam\u00e1s nadie la toc\u00f3 m\u00e1s que yo\u201d.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Pero la insania no le impide ser coherente a Fernando: cuando a Mariana la asesina uno de sus amantes, \u00e9l persiste en su enga\u00f1o y se asume responsable del crimen. \u201cYo mat\u00e9 a Mariana. Fui yo, con las manos de ese infeliz Anselmo Pineda, viajante de comercio\u2026\u201d.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Este asesino, por su parte, recurre a otra clase de supercher\u00eda. Durante el interrogatorio que le realiza la narradora, Anselmo Pineda pretende hacer pasar su ignorancia por inocencia. Porque no conoc\u00eda a Mariana sino de o\u00eddas, no ten\u00eda motivos para asesinarla. Porque \u201cel placer estaba en ahogarla\u201d y \u201cella no se defendi\u00f3\u201d, \u00e9l no pudo saber que estaba mat\u00e1ndola. Porque todos all\u00e1 en su pueblo sab\u00edan que \u201c\u00e9l ha sido bueno siempre\u201d, \u00e9l claramente es inocente. \u201cLo peor era que [Mariana] lo estaba mirando\u201d mientras \u00e9l la asfixiaba, confiesa el homicida.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La mirada que tanto busc\u00f3 Fernando, le fue concedida finalmente a otro. El destino, como acostumbra hacerlo, se revela injusto.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Sobre el personaje de Mariana podr\u00edamos decir lo mismo que Bataille dijo de Emily Bront\u00eb y su desdoblamiento en Catherine, de <em>Cumbres borrascosas<\/em>: \u201c[tuvo] un conocimiento angustioso de la pasi\u00f3n: ese conocimiento que no solo une el amor con la claridad, sino tambi\u00e9n con la violencia o la muerte \u23afporque la muerte es, aparentemente, la verdad del amor, del mismo modo que el amor es la verdad de la muerte\u201d.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Por amor, precisamente, no puede ser otro el destino de un personaje como Mariana; aunque no por el amor a un hombre, sino a s\u00ed misma. Su hedonismo desenfrenado es una forma metast\u00e1sica de amor.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Fernando subsidia la culpa a fin de que Mariana siga siendo inocente. Es decir, protege la virtud de su esposa a fin de prolongar su amor por ella. Una inocencia que, triste pero necesariamente, es imposible de salvaguardar.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">\u201cEso que \u00fanicamente puede arder \u2026 y que al no arder se corrompe a s\u00ed misma\u201d, as\u00ed defini\u00f3 Arredondo a la pureza. La virtud es igual a la fruta madura: debe echarse a perder.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center wp-block-paragraph\">*<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">\u201cYo creo venir de Ch\u00e9jov, de Katherine Mansfield, de Cesare Pavese\u2026\u201d, confes\u00f3 Arredondo. Y nos ser\u00eda f\u00e1cil verificarlo. Practic\u00e1ndole una suerte de arqueolog\u00eda de estilo, cotejar\u00edamos los cuentos de In\u00e9s con los de su progenie y rastrear\u00edamos las influencias en \u201cLa se\u00f1al\u201d, \u201cLa sunamita\u201d, \u201cEn la sombra\u201d y muchos otros.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Al llegar a \u201cMariana\u201d, sin embargo, quedar\u00edamos desorientados. Perdidos.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Porque la perspectiva desde la que se narra en \u201cMariana\u201d alterna, sin aviso, entre la primera persona del singular y la primera del plural. Porque se efect\u00faan saltos no s\u00f3lo en el tiempo narrado, sino tambi\u00e9n en los tiempos verbales. Porque algunas de sus elipsis parecer\u00edan anticlim\u00e1ticas y, sin embargo, resultan efectivas. Porque su \u201cbelleza desnuda e inh\u00f3spita\u201d se sostiene en el di\u00e1logo antes que en la construcci\u00f3n de escenas.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La efectividad de \u201cMariana\u201d depende m\u00e1s del hallazgo y del golpe po\u00e9ticos que de sus recursos narrativos. Es el cuento donde Arredondo comienza a abandonar sus modelos y a desdibujar su genealog\u00eda. Se desapega del pasado para aproximarse a su destino. Trasluce el germen de la mejor In\u00e9s: la que escribir\u00e1 \u201cR\u00edo subterr\u00e1neo\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Cuando Fernando, recluido en el sanatorio, indaga en sus motivos para atentar contra la vida de Mariana, recurre a los ojos como ventana a su abismo personal:<\/p>\n\n\n\n<blockquote class=\"wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow\">\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Recuerdo eso sobre todo, sus ojos bajo el agua, desorbitados, mir\u00e1ndome con una piedad inmensa\u2026 [y] el dolor espantoso de verla herida, sufriente, medio muerta, mientras mi alma segu\u00eda asesin\u00e1ndola para llegar a producir su mirada insondable, para tocarla en el \u00faltimo momento, cuando ella no pudiera ya m\u00e1s mirarme a m\u00ed y no tuviera otro remedio que mirarme como a su muerte. Quer\u00eda ser su muerte.\u00a0<\/p>\n<\/blockquote>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Hacia el \u00faltimo p\u00e1rrafo del cuento se da una suerte de resonancia. Una <em>rima tem\u00e1tica<\/em> en la que el gesto literario se torna cortes\u00eda mortuoria: Fernando le cierra simb\u00f3licamente los ojos a su esposa, asesinada por aquel otro que es tambi\u00e9n el propio Fernando, transustanciado a voluntad:<\/p>\n\n\n\n<blockquote class=\"wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow\">\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Fui yo su muerte. Me mir\u00f3 a los ojos\u2026 [pero] mucho m\u00e1s terrible que la idiotez que me espera es esa \u00faltima mirada de Mariana en el hotel, mientras la estrangulaba, esa mirada que es todo el silencio, la imposibilidad, la eternidad, donde ya no somos, donde jam\u00e1s volver\u00e9 a encontrarla.<\/p>\n<\/blockquote>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La sem\u00e1ntica del pasaje delata el hilo invisible que sigui\u00f3 la autora, los versos suicidas de Pavese: <em>Para todos tiene la muerte una mirada \/ Vendr\u00e1 la muerte y tendr\u00e1 tus ojos.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En \u201cMariana\u201d, In\u00e9s Arredondo vislumbra lo que todos los cuentistas est\u00e1n destinados a descubrir tarde o temprano: que est\u00e1n m\u00e1s cerca del poeta que del novelista.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">*<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Confes\u00e9 ya un h\u00e1bito reprensible. Pero lo cierto es que tengo, al menos, otro m\u00e1s: hacerles careos a mis escritores de cabecera.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Soy polic\u00eda de mis gustos literarios y me gusta interrogar a mis autores. No porque quiera culparlos de improbables faltas a la est\u00e9tica, sino para darme pruebas de su autenticidad.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">In\u00e9s Arredondo es un caso paradigm\u00e1tico. Muestra absoluta coherencia entre lo dicho y lo hecho. Lo narrado se corresponde con lo opinado.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Cuando, en sus ensayos y entrevistas, me topo con algunas de sus ponderaciones, corro a transcribirlas en mi libreta de hallazgos \u23afotro mal h\u00e1bito: tengo m\u00e1s de una libreta y m\u00e1s desorden del que puedo administrar\u23af. Mis notas, vistas como una prueba de Rorschach, perfilan mis preocupaciones antes que mis ocupaciones. Revelan una alarmante desconfianza hacia mis propios gustos (es decir, hacia mi criterio).&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Lo anterior no deriva, creo, de una falta de amor propio, sino de un exceso de certezas. \u00bfPuede alguien estar tan seguro de sus opiniones, y peor, de sus filiaciones literarias? \u00bfY no es la certeza, muchas veces, una ceguera reconfortante?&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Cuestionar a otros me fuerza a cuestionarme. La lectura y la escritura son remedios contra el narcisismo.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Tambi\u00e9n Arredondo encontr\u00f3 paliativos en la escritura. \u201cComenc\u00e9 a escribir para vencer al dolor\u201d, confiesa en uno de sus breves ensayos. Acababa de perder a su segundo hijo, reci\u00e9n nacido. Resultado de su duelo fue \u201cEl membrillo\u201d, la historia de la jovencita Elisa que debuta en las intrigas y los descalabros del primer amor, record\u00e1ndonos a la mansfieldiana Leila del cuento \u201cSu primer baile\u201d.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Arredondo mitiga las aflicciones de la madurez escribiendo sobre el placer agridulce de la adolescencia. Si obviamos que recurri\u00f3 a la experiencia propia para evocar esa primera juventud, veremos que su evasi\u00f3n del presente es menos una trampa de la melancol\u00eda que una tentativa oracular. As\u00ed podemos interpretarlo a partir de lo que ella misma dice:<\/p>\n\n\n\n<blockquote class=\"wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow\">\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Elegir la infancia es, en nuestra \u00e9poca, una manera de buscar la verdad, por lo menos una verdad parcial. Ya no orientamos nuestras vidas hacia el merecimiento de un para\u00edso trascendente, sino que damos trascendencia a nuestro pasado personal y buscamos en \u00e9l los signos de nuestro destino [\u2026] Al interpretar, inventar y mitificar nuestra infancia hacemos un esfuerzo entre los posibles, para comprender el mundo en que habitamos y buscar un orden dentro del cual acomodar nuestra historia y nuestras vivencias.<\/p>\n<\/blockquote>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Mediante un cuento inici\u00e1tico, Arredondo reconfigura su primera juventud para vislumbrar su condici\u00f3n final: la del creador eternamente insatisfecho. Y, al igual que el personaje de Elisa en \u201cEl membrillo\u201d, la autora ingresa a \u201cun mundo imperfecto y sabio, dif\u00edcil\u201d. El escritor debe revalorar lo que fue a fin de cimentar lo que ser\u00e1, parece sugerirnos Arredondo. Para ver bien el futuro, debe recordar <em>mejor <\/em>el pasado. En un sentido hist\u00f3rico, el escritor tiene por obligaci\u00f3n revisitar el pasado literario y resignificarlo mediante la obra propia: as\u00ed fragua su futuro como autor, al tiempo que halla su lugar en el futuro.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Es por el espejo retrovisor que el escritor se estaciona en la Historia.&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>A los mejores cuentos los impulsa un prodigioso sentido de la urgencia. Algo en su trama, en sus personajes o en su tema los torna inminentes. 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