{"id":45022,"date":"2021-11-05T07:00:14","date_gmt":"2021-11-05T13:00:14","guid":{"rendered":"https:\/\/tierraadentro.fondodeculturaeconomica.com\/?p=45022"},"modified":"2026-10-29T11:51:41","modified_gmt":"2026-10-29T17:51:41","slug":"alabanza-a-la-piyama","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/tierraadentro.fondodeculturaeconomica.com\/?p=45022","title":{"rendered":"Alabanza a la piyama"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: right;\"><em>Para Sof\u00eda<\/em><\/p>\n<p>Ninguna sensaci\u00f3n comparable a despojarnos de la ropa y disfrutar la comodidad de la holgada, casi maternal, piyama. Aun en el encierro, se siente como un llegar a casa. Si la corbata es s\u00edmbolo del trabajo y el gorro frigio de la libertad, la piyama lo es de la flojera. Una piyama cabal no tiene pretensiones: apenas quiso ser contorno humano; el cuerpo en su expresi\u00f3n m\u00ednima, sin labrar ninguna curva, sin adornar ning\u00fan v\u00e9rtice. Es casi un boceto de ropa. Parece fabricada con la misma pereza que nos contagia su uso. Uno la viste para decir <em>v\u00e1yanse todos,<\/em> <em>no estoy disponible<\/em>. Tiene algo de huida. Fatigados del mundo exterior lleno de ruido, facturas, pendientes, sonrisas falsas, nos libramos de ese peso y regresamos, tan pronto nos hemos enfundado en nuestra piyama, a un para\u00edso m\u00ednimo.<\/p>\n<p>\u00bfC\u00f3mo pudo la humanidad vivir sin ella hasta entrado el siglo XVII? Los griegos y romanos dorm\u00edan con su ropa de d\u00eda: se entregaban al profundo sue\u00f1o despu\u00e9s de tan s\u00f3lo quitarse el cintur\u00f3n. Aunque una acci\u00f3n m\u00ednima, probablemente la habr\u00e1n disfrutado con un gozo similar al nuestro: \u00e9se que lanza los zapatos al vac\u00edo, desabrocha un asfixiante brasier, libera el abdomen de las buenas maneras a las que nos incitan las camisas. No obstante a ello, me resulta dif\u00edcil concebir que una sola vestimenta funcionara para la vida p\u00fablica y la vida de cama. Del \u00e1gora a la alcoba, del mercado a las cobijas. Para m\u00ed, la mayor felicidad que nos otorga la piyama es darle la espalda al mundo para amodorrarnos en su secreto. \u00bfHabr\u00e1n dormido mejor o peor los seres humanos de la antig\u00fcedad? Aunque nosotros hemos hiperdesarrollado una tecnolog\u00eda del confort, quiz\u00e1 la brega de una vida acostumbrada al intenso trabajo f\u00edsico les proporcionaba un descanso rotundo. Me pregunto llena de curiosidad si el sue\u00f1o de Cervantes, Hildegard von Bingen o S\u00f3crates habr\u00e1 sido m\u00e1s sabroso que el nuestro.<\/p>\n<p>Por su propio nombre quiz\u00e1 resulte f\u00e1cil intuir que debemos el uso de la piyama a Oriente. Algunos dicen que fue creada en la India, otros afirman que su expansi\u00f3n se debi\u00f3 al Imperio Otomano. Debido a las condiciones clim\u00e1ticas, serv\u00eda para calentar el cuerpo por la noche. Al extenderse su uso en otras regiones, primero se le consider\u00f3 una prenda de lujo destinada a las clases altas. Despu\u00e9s las prendas \u00edntimas, de casa, se asociaron al mundo intelectual. Conservamos, por ejemplo, una bonita pintura de Isaac Newton retratado por James Thornhill. El f\u00edsico viste un c\u00f3modo <em>banyan<\/em>: una especie de bata muy amplia similar al kimono, que permit\u00eda relajar el cuerpo. A\u00f1os despu\u00e9s el erudito Benjamin Rush afirm\u00f3 que la ropa holgada mejoraba las facultades de la mente, por ello los estudiosos sol\u00edan retratarse con batas en sus bibliotecas. Y reprochaba que, en aras de mantener ese vigor mental, los intelectuales regresaban a mezclarse con el mundo con un desali\u00f1o despreciable. Siempre han existido detractores de los fodongos.<\/p>\n<p>La piyama como prenda de lencer\u00eda tuvo que esperar hasta el t\u00e9rmino de la Segunda Guerra Mundial cuando la moda dej\u00f3 de ser utilitaria. Se apropi\u00f3 del erotismo que implica su condici\u00f3n de umbral: da la bienvenida al espacio \u00edntimo, invita a cruzar la l\u00ednea que separa del exterior. Quiz\u00e1 porque adem\u00e1s de c\u00ednica soy amante de las telas pachoncitas, reconozco que este paso de modernizaci\u00f3n me parece un desprop\u00f3sito. \u00bfPreocuparnos por nuestra apariencia tambi\u00e9n a la hora de dormir? \u00bfPara qu\u00e9 obstaculizar ese otro descanso, el de los ojos, las miradas y ser para los dem\u00e1s? Hace poco supe de un hombre que acude a sus citas rom\u00e1nticas con una peque\u00f1a bolsa donde guarda su piyama, en caso de necesitarla. A diferencia de \u00e9l, me divierte pensar que la piyama es, antes que nada, una disposici\u00f3n por dormir c\u00f3modamente; se materializa en camisas prestadas, ropa interior o, incluso, desnudez.<\/p>\n<p>El tr\u00e1nsito entre la intimidad y la vulnerabilidad es m\u00ednimo. Por eso en los sismos, pandemias y otras cat\u00e1strofes, las piyamas que no quer\u00edan ser vistas evidencian nuestra incertidumbre. Recuerdo haber le\u00eddo hace unos a\u00f1os una cr\u00f3nica de Juan Villoro sobre el terremoto de 2010 en Chile. Relataba que hab\u00eda asistido a un encuentro de literatura con varios escritores y, tras compartir la mesa en presentaciones y comidas, todos se retiraron a sus cuartos. El sacudido de la tierra los sorprendi\u00f3 por la madrugada con una magnitud de 8.8 grados. A las tres y media de la ma\u00f1ana, todos aquellos que horas antes hab\u00edan hecho gala de vanidad, se reconocieron temblorosos, agobiados y vistiendo, ya no trajes ni gafetes, sino la piyama desvalida que poco alcanza a cubrir de nuestro pudor en esos momentos.<\/p>\n<p>\u00bfQu\u00e9 dice de nosotros la piyama que elegimos para dormir? Las hay calientitas y calenturientas; hay quienes exponen su desverg\u00fcenza portando obras maestras de la moda matapasiones; otros tratan de conservar su elegancia atavi\u00e1ndose con seda. Toda piyama es \u00f3ptima mientras no se convierta en obligaci\u00f3n. En la enfermedad, despu\u00e9s un tiempo, puede pesar como una losa. Vestirla durante muchos d\u00edas la dota de un humor desagradable, un calor obsceno, casi h\u00famedo, que sofoca. Necesitamos deshacernos de ella, desterrarla junto a nuestros malestares.<\/p>\n<p>Una imagen similar suscitan las piyamas que se han convertido en el uniforme oficial de los desempleados. O aquellas en las que nos refugiamos cuando la tristeza nos invade por completo. M\u00e1s que un escudo que nos protege del dolor, manifiestan la firme determinaci\u00f3n de dejar de intentar. Ante el desconsuelo, salir a buscar, \u00bfqu\u00e9? Resulta atroz reconocer que nada est\u00e1 exento de convertirse en su oponente. Todo es fr\u00e1gil. El confort nos ahoga si se hace ley, un sitio del que no hay escape. Mas no tenemos otra alternativa: habr\u00e1 que disfrutar, cuando a\u00fan nos es posible, de esa sensaci\u00f3n de regresar a casa, respirar la intimidad y dejar de lado el estridente mundo; pues si la vida se alarga lo suficiente, la vejez, me temo, ser\u00e1 nuestra maestra al ense\u00f1arnos que todo para\u00edso se anula cuando se vuelve permanente.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Para Sof\u00eda Ninguna sensaci\u00f3n comparable a despojarnos de la ropa y disfrutar la comodidad de la holgada, casi maternal, piyama. 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